¡No a la Tala! (Segunda Parte)

Ocurrió que, al llegar al punto donde se hallaban los funcionarios, me encontré Arbol 2con que todas eran mujeres y que, al hecho de que poseyeran sensacionales curvas e inmarcesibles rostros, se unía el concepto de que, para mi asombro, estaban realizando su faena de poda arborífera desnudas de cintura para arriba.

Así que recompuse el gesto, me abroché el batín, recargué mi pipa con tabaco de primera calidad y, veloz cual saeta, encandilado por el movimiento hipnótico de las voluptuosidades que se me venían encima (a las que los poetas neoclásicos denominaban con gracioso lirismo mandrungas), desplegué mis marchitas alas y, con gesto galante, me dirigí a una de ellas que en ese momento encaraba su labor, garbosa, cantando una fresca melodía de canción ligera:

– Podadora 1.- De que fuiiiiiiiiiii a cruzá laaaaaaaaaaaa fronteraaaaaaaaaa y eeeeeel aduaaaaaaneeeeeeeeroooooooo meeeeeeeeee preguuuuuuuuuuuuuuuuntó… 
– Kaskete.- Espero no importunarla, señorita… 
– Podadora 1.- ¡¡Donde está su pasaporte!! Y de estaaaaaaaa maneraaaaaaaa el le conteeeeeeeeestó. 
– Kaskete.- Disculpe joven… 
– Podadora 1.- ¡Uy! Perdona, segoviano de mi vida, es que cuando me meto Cantandoen la harina tamizada de mis melodiosas labores, no hay mas mundo para mi… ¿En que puedo ayudarte? 
– Kaskete.- Pues usted verá, es que vivo aquí al lado y tengo una madre impedida… 
– Podadora 1.- Tu cara se me hace conocida… ¿Tu no eres Kaskete, el de la roja nariz? 
– Kaskete.- No, ese es Rudolph; cierto es, no negaré la evidencia, que a mi la nariz también se me pone colorada cuando me tomo una copita de Sidra “El Pelotari”, pero vamos, como le pasa a los legionarios de los tebeos de Asterix y no por ello se define su todo global por una parte tan exigua. A mi se me conoce en los círculos literarios como El Travolta de Legazpi, El Tenorio de Las Vistillas, el Rodolfo Valentino de Fuencarral… ¡e incluso El Zumbador del Henares!, pero de nariz roja nada, guapita. 
– Podadora 1.- ¿Y serías tan amable de firmarme un autógrafo aquí en la teta derecha, porfaplís? 
– Kaskete.- ¡Dígamelo con flores, señorita! ¿Que pensarían de mi en el Club de Caballeros si actuara con tal temeridad? Yo soy un joven ponderado, tranquilo, un hombre impasible a las tentaciones de la carne pero aun así… ¡inasequible al desaliento! 
– Podadora 1.- Pues a tenor de lo que vislumbro, me temo que tu boca debería dejar de firmar cheques que las enhiestas vergüenzas que se escapan juguetonas de tu batín no puedan pagar
– Kaskete.- ¡Que apuro! Usted disculpe, es que estoy recién levantado, y ya sabe que como dice el cuplé: Todaaaaaaaas las mañaaaaaaanaaaaaaaas, cuandooooooo me levaaaaaaantoooooo tengooooooooo laaaaaaaaaa su autografo aquipiruuuuuuulaaaaaaaa mas duraaaaaaaaa que uuuuuuun caaaaaantooooo
– Podadora 1.- Por lo que he podido reconocer la melodía es de Vivaldi… ¿pero de quien es la letra? 
– Kaskete.- La escribieron Byron y Shelley al alimón… ¡pero a lo que vengo, vengo! En mi humilde morada de 850 metros cúbicos se ha cometido un atropello despertando a una madre con esta escandalera y vengo a hacer justicia en un duelo de oratoria a muerte… ¡On garde mademoiselle

(Continuará…)

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