Águila (Amstel) (Primera Parte)

Desde mi mas tierna infancia siempre he tenido una costumbre que conforma gran parte de mi yo intelectual  (ese que usa las obras completas de LeyendoSchopenhauer para calzar el jurgolín de casa), y es ir leyendo mientras voy andando por la calle, ensayando pasos de sardana por el metro y/o/u dando saltitos de un lado a otro por la línea imaginaria del meridiano de Greenwich Village. Esto hace que ponga el máximo de concentración en la lectura que me traigo entre manos, pero provoca que haga dejación de las demás tareas que ocurren a mi alrededor, por lo que mis enfervorecidas fans suelen pillarme con la retaguardia baja.

Para mas abundamiento tengo la suerte o la desgracia de que mis admiradoras, aun siendo absolutamente todas de escultural figura y descomunales pechos, son también de armas tomar y de reproche en ristre, por lo que más que andar henchido de orgullo cuando alguna me aborda, suelo sentirme amedrentado por los términos en los que suelen exigirme determinadas peticiones de carácter literario.

Sin ir mas lejos la semana pasada, mientras andaba por las calles de mi Alcalá natal, leyendo una obra muy sandunguera, de cuyo nombre no daré cumplida cuenta ni desvelaré, entre otras muchas cosas… ¡por que no me sale de los cojones!, se me acercó por la espalda una fan y, tras pegarme un pellizco de padre y muy señor mío en el trasero (que son los que mas hondo calan), me amenazó con romperme todos los dientes menos uno (para que se quedará mi inmaculado rostro como el del Cuñao de la tele), si no volvía a mi periodismo de calle y entrevistaba al protagonista de alguna de las noticias de las que suelo hacer mis pintureras crónicas.

Después de proferir tan alarmante amenaza, me plantó un inocente beso en laDescomunales Pechos mejilla, agarró mi humilde paquetón con una fuerza equivalente a 40 megatoneladas de TNT, y dijo con una voz fantasmagóricamente sincera: “Como me entere yo de que esto lo toca otra, la próxima vez que te vea encomiéndate a Farinelli”. Evidentemente yo, en un alarde de hombría y masculinidad nunca visto en mi, esperé a que se alejara 500 metros y dije para las mangas de mi camisa: “¡Dígamelo con flores señorita!”, y con una entereza sobrecogedora, me senté en un bordillo a lamerme la patita, básicamente porque al nabo no llegaba.

Pero claro, aunque esta documentalmente acreditado que soy un hombre de una pieza, bragado, animoso, por momentos embravecido, resuelto las mas de las veces, audaz, intrépido, feroz y arrojado, pensé: “Si quiero tener descendientes o incluso condescendientes, mas comúnmente denominados hijos, de los que poder vivir, esquilmando sus haciendas cuando estos hayan hecho acopio de ellas, no me queda mas remedio que hacer caso de esa moza, y volver al periodismo de calle que tantos parabienes me ha reportado a lo largo de mi exitosa carrera, y del que, aunque muchos puedan decir que si, jamás renegué”.

Por eso cuando tuve conocimiento de la siguiente noticia: “Un águila calva, Aguila 1símbolo de EEUU, se recupera del golpe de una pelota de golf.”, me puse manos a la obra, cogí mi escopetilla de entrevistar, le puse pilas nuevas a mi grabadora de Miki Maus, me preparé un bocadillo de la tan denostada rulada de aceitunas untado con crema de alcornoque, y salí, veloz cual gacela, en busca de la sensacional y asombrosa Águila Calva, dicho sea este último adjetivo en tono meramente descriptivo y nunca injurioso, puesto que como bien sabéis todos, donde hay águilas calvas… ¡hay alegría!

(Continuará…)

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