Desmadre a la Americana (Segunda Parte)

Pero no nos engañemos, aunque en el fondo uno es lo que tiene dentro de su caparazón, lo que le define de cara a la sociedad son sus amistades, el grosor de su nabo y de su fajo de billetes (en ese orden), y por mucho que alguien sea una bellísima persona con un pimiento mas gordo que la manga un abrigo y mas dinero que la chaqueta un guardia (de un guardia de esos que se quedan el dinero de las multas, claro), si resulta que tiene unos amigos que son unos viva la virgen, que se pasan todo el día de juerga a costa del dinero del contribuyente, apedreando curas, capando boinas a los viejos y desflorando doncellas mas o menos casquivanas… al final lo acaban tomando por alguien de esa calaña, sea un rufián o no.

Por eso, mis atribulados lectores, deberíais agradecer que aun queden periodistas de mi alta catadura moral, que separamos el polvo de la paja (sobre todo en los reportajes de cámara oculta relativos a la prostitución, ya que en función de que sea una cosa u otra, las tarifas varían considerablemente) para que, de ese modo, pueda resplandecer la verdad con luz propia, y que a Fulano no se le tome por Mengano, ni a Zutano por Perengano.

Así que, tras conocer la noticia antes reseñada, puse pies en polvorosa (por motivos que ahora no vienen a cuento consistentes en unos compromisos que afirmé iba a contraer y que como no adquirí, me obligaron a salir huyendo del padre de una moza que, escopetilla de balines en mano, quería hacerme entrar en razón), y encaminé mis pasos hacia ese Denver mio, ese Denver nuestroooooo, lailaaaaa la laaaaaaapara entrevistar al muerto de la noticia.

Para ello llené mi mochila de Nenuco (que aun tengo prácticamente a estrenar) con 2 bidones de Varon Dandy (cuando uno esta huyendo de su pasado es mejor que no use Brumel porque es para hombres que dejan huella, y en momentos así, cuantas menos pistas se den, mejor que mejor), media docena de monos amaestrados (como porteadores no tienen precio), una vara de fresno (para meter en vereda a los hombres lobo de Colorado) y mis calzoncillos de la suerte recién almidonados y, hecho el petate, me puse en marcha.

No tardé mucho en encontrar al susodicho cadáver, porque en Denver tienen la sana costumbre de dejar a las personas (una vez muertas) en el tanatorio con una etiqueta en el dedo gordo, lo que facilita considerablemente su localización y reconocimiento, y conversé con el de este modo:

– Kaskete.- Buenos días, mi estimado y cadaveresco amigo… ¿podría hacerle una serie de inocentes preguntas que, a buen seguro, harán las delicias de cualquier interlocutor de intelectualidad contrastada?
– Muerto.- Como no, pregunte usted lo que quiera, joven, pero alivie, que es el vigesimoséptimo periodista que viene, y ya voy teniendo ganas de alcanzar por fin la paz eterna…
– Kaskete.- Que me esta diciendo usted… ¿Es que no soy el primero que acude a entrevistarle?
– Muerto.- No, amigo mío, mucho me temo que le ha pillado el torete

(Continuará… )

 

 

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