Mars Attack (Primera Parte)

Dijo Emily Brontë en uno de los mas bellos y célebres pasajes de “Cumbres Borrascosas” (aunque prácticamente estoy convencido de que se lo había soplao su hermana Charlotte), y cito textualmente: “Yo no maldigo a tus muertos porque minero nací, y aunque me ronde tu puta madre, no tengo miedoooooooooo a moriiiiiiiiiiiir”. Y yo, como pro-hombre pre-renacentista que soy, cronista de lo cotidiano, escritor un punto costumbrista, encofrador en ciernes y amigo de los animales y de los niños (como Manuel Torreiglesias y Chema el Panadero que en gloria esté, respectivamente), asumo como propia esa máxima ilustrada de las casquivanas hermanas Brontë, ya que si por algo me he caracterizado en esta vida, es por ser un valiente… ¡como el rubiete Beckham!

Negar a estas alturas que soy un seductor nato y un conquistador de altos vuelos que ha puesto picas no solo en Flandes, sino donde se ha podido terciar en cada momento, siempre que el tiempo no lo ha impedido y la autoridad competente lo ha permitido, creo que es innecesario.

Pero para situar en el contexto adecuado el relato de hoy es necesario decir que mis affaires (tanto amorosos como sexuales) se han prodigado y extendido allende las fronteridades estratosféricas de la Tierra, ese hermoso planeta verdi-azulado que esta achatao por los polos; y es que no sería la primera vez que echo un clavo en Urón, que hago la caidita de Roma en el apartamento de soltero que tengo habilitado a tal efecto en los anillos de Saturno, o que practico la ancestral técnica del salto del tigre bengalero en mi picadero de Trasplutón, que como todos sabéis es el planeta que está mas a tomar por el culo de la galaxia según sales de la Tierra a mano derecha, pues es evidente, que tarde o temprano tendría que verme en un lance de este tipo como me ocurrió recientemente.

Caminaba trotón dando pequeños saltos por el caminito de baldosas amarillas (que por cierto está restaurando la empresa de Florentino porque al parecer hace poco unos vándalos disfrazados de Ulysses S. Grant lo destrozaron con la única finalidad de hacer el mal desde el anonimato que proporciona ir vestido de oficial de la Unión) de la mano de mi Agente de la Condicional (así es como denomino cariñosamente a mi editora, y si, le guardo cierto rencor por el hecho de que se lleve el 10% de mis ganancias), cuando divisé en lontananza dos sombras que, lejos de ser chinescas, eran estilizadas, esbeltas (una mas que la otra) y con forma de alien extraterrestroso. En efecto se trataba de dos marcianos de los de trompetilla en nariz, verdor nuclear y siniestra belleza, uno de ellos era muy bajito y rechoncho por lo que en principio, a simple vista, lo confundí con Marichalar El Aventurero, porque los extraterrestres aunque sean bebés, tienen una figura muy fina y espigada para estar gordos. El pequeño alien se acercó juguetón hacia mi y me dijo:

– Bebé Alien.- ¡Hola Papi!

Yo, veloz cual gacela y sin pensármelo un instante, pero con un deje de nerviosismo en mi aterciopelado tono de voz (propio de tan importunante situación), le dije a mi editora:

– Kaskete.- Esto no es lo que parece, querida… ¡Hay una explicación muy sencilla para todo esto! Y estoy seguro de que cuando te la cuente te vas a reír…

(Continuará…)

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