El Ángel Caído (Segunda Parte)

Las palabras del Inspector calaron hondo en mi espíritu y, pensativo, no tuve mas remedio que acercarme al bar mas cercano y beberme 2 botellas de Coñac Calasparras para meditar sobre el sentido de la vida, la importancia de mi misión y el desconcertante hecho de cómo es posible que Bob Esponja tenga una barbacoa al lao de la piña en la que vive, si en el fondo del mar los del SEPRONA no dejan encender hogueras so pena de darte una solfa de hostias y una patá en el pecho de esas que te dejan al borde del telele, si te pillan tostando chorizos criollos.

El hecho de que El Niño que Descubrió un Incendio mientras Cagaba hubiera mentido de una forma tan sumamente descabellada, había hecho que me planteara todos mis esquemas y filosofía de vida; fueron muchas las cosas que antes aceptaba como verdaderas sin rechistar y que ahora estaba poniendo en tela de juicio, y de ese modo empecé a preguntarme… si este niño al que se le presuponía inocente y puro, paradigma de sinceridad… ¡ejemplo de candor y pureza!, había mentido en lo de limpiarse el culo… ¿Quién me dice a mi que, por ejemplo, Ramón “El Yonki de Pitis” no se ha inventado también toda su existencia y, ni le mola fumarse una platita cada dos por tres, ni jamás ha atracado un banco (un Banesto), ni el director de su cárcel, Matías, es un maricón? ¿Y las Hermanas del Baptisterio Romano? ¿Acaso me puede alguien asegurar que no son Ciborgs que han construido el baptisterio con decorados de cartón-piedra y del siglo primero no hay ni un mojón?

Llegué incluso a pensar, en mi desesperación, que Espinete era el que iba dentro de Chelo Vivares y no al revés, y que Don PinPon viajaba tanto, no porque fuera marchante de productos Avón, sino porque trapicheaba con mierda de la fina y por eso las cámaras de Barrio Sésamo nunca entraban en su casa.

Evidentemente, así las cosas, no me quedó mas remedio que ponerme manos a la obra para desentrañar aquel misterio del Niño del Cagao y poder de esa forma volver a conciliar el sueño en las frías noches de verano en las que, acompañado en la cama de 10 o 12 chavalas, me embarga la soledad y el insomnio y no puedo hacer otra cosa que ponerme a realizar actividades de carácter impúdico a la par que libertino con las mozas para no pensar en la misión, porque otra cosa no tendré, pero yo agujero que veo… ¡agujero que tapo!

Tras muchas pesquisas, alguna que otra llamada, mover algunos hilos y cobrarme un par de favores que me debían, conseguí que me adelantaran la fecha de la cita con el médico de cabecera para que me mirara las aLmídOlas, que me molestaban un poco; después de eso busqué en las páginas amarillas la dirección del niño y encaminé mis pizpiretos pasos hacia su confortable y dulce hogar sin salirme en ningún momento del caminito de baldosas amarillas.

Cuando llegué a tan majestuosa morada, toda de impecables acabados en calidades de contrachapao y yeserío fino con mucho papel de flores en las paredes y revestimientos en rico amianto, me pregunté cómo no habría salido ardiendo antes la casa, le enseñé la placa al niño, me dijo que en mármol quedaría mejor, me cagué en todos sus muertos y, tras enseñarle las fotos que obraban en mi poder, y hacer como que se desmayaba montando un numerito dignó de “Amar en huevos revueltos”, pasé a interrogarle y esto fue lo que ocurrió…

(Continuará)

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