El Poder de Dios te obliga (Primera Parte)

Como últimamente mi otrora azarosa y efervescente vida había entrado en un insólito estado de relativa calma, llegué incluso a pensar que mi devenir existencial había llegado a un punto de tranquilidad que haría que por fin dejaran de ocurrirme constantemente cosas de todo punto inusitadas, a la par que con erótico resultado, consiguiendo por fin alcanzar una mas que merecida estabilidad vital alejada de lo inverosímil.

Y no negaré que me ilusionaba el hecho de pensar que algo así podría ocurrirme a mi, porque después de tantos años de continuo despropósito, me agradaba la idea de una existencia carente de sobresaltos y cuitas varias, algo muy bonito pero al parecer quimérico, por no decir que poco factible.

El caso es que hace algunos días caminaba trotón y licencioso aderezando pulcramente para mis adentros unas bellas y almibaradas coplillas de pie quebrado que, a día de hoy, son lo único que consigue aplacar mi desenfrenada existencia y conducirme a un mar de deliciosa calma, cuando me ocurrió algo que hizo que me diera un vuelco el garganchón, o como se diga.

Me hallaba cruzando una calle por el paso de peatones con las cautelas y precauciones que siempre imprimo en tal acto cuando, a la mitad del camino, en el mismo paso de cebra, una joven de impresionantes pechos, escultural figura, angelical rostro y, a buen seguro, impecable y soberbio expediente académico, me entregó una octavilla apasquinada (que, para el que no lo sepa, son las que siempre van en coche y siempre van mojadas), a todo color en la que se podía leer lo siguiente: “Cruzada de Poder y Milagros. Participe este domingo a las 9:30 de la mañana (Paseo de Santa Maria de la Cabeza Nº 12)”.

Si alguno piensa que, tras entregarme el panfletillo en mano y continuar su camino la neumática damisela, yo me di la vuelta para observar con afán lascivo su categórico y sugerente culo cual camionero en polígono, es que no me conoce en absoluto e ignora que soy un caballero cuyo prestigio y buena fama entre las mozas casaderas, quizá no llegue al infinito… ¡pero se acerca peligrosamente!

El caso es que me dije: “Vaya; una Cruzada de Poder y Milagros… ¡lo que yo andaba buscando!”; y como el lugar donde me entregó la muchacha el testigo a modo de invitación (la mitad de un paso de cebra) se me antojó inmejorable, pensé: “Esto pinta demasiado bien… ¡aquí tiene que haber gato acostao!”.

El solo hecho de pensar que un ateo recalcitrante como yo pueda plantarse en el recinto cubicular de una secta un domingo a las 9:30 de la mañana, es algo milagroso y demencial a partes iguales, y no negaré que durante un momento dije: “Coño, si el templo esta sito en la Calle de Santa María de la Cabeza, quien mejor que un ente ectoplasmático como la virgencita para acabar de un plumazo con las resacas que, a esas horas, empiezan a hacer acto de aparición entre los que, como yo, practican un hedonismo exacerbado dirigido a encontrar mística comunión con el universo y trascender de un plano meramente material a otro mas marcadamente etéreo en el que jugar al hoyo con Hadas, practicar el teto con Ninfas, y bailar en pelotas con Náyades, todo esto con gran afán espiritual y ningún atisbo de impudicia”.

Por eso durante al menos 14 segundos reflexioné con detenimiento sobre si acudir o no a tal evento y, como es lógico, al final acabé tomando la decisión que consideré mas acertada, y pensé: “Kaskete, tu eres cronista de lo cotidiano, acércate a tal evento y, cual zarigüeya de mollete almidonado, agazápate tras unos arbustos y espía lo que en tal templo de poder ocurre para dar fiel testimonio de lo acontecido a tus amados lectores”.

(Continuará… )

 

4 Respuestas a “El Poder de Dios te obliga (Primera Parte)

  1. Ahí está Kaskete, hecho un valiente!

  2. Mordiendome las uñas estoyyy…!!!!!

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